Cómo escribir en Substack
Por un espacio caótico, incorrecto y para todas.
Tengo una docena de borradores para artículos en Substack y una lista interminable de abstractas ideas en la aplicación de notas del móvil que nunca desarrollo.
Una vez a la semana, o al mes, me meto para observar el cúmulo de pensamientos inacabados. Me observan de vuelta. Menos mal que lo tengo todo digitalizado, así nada coge polvo, y yo soy alérgica a los ácaros. The thing is, aunque no me ponga a estornudar, sí que me sienta mal.
Me sienta mal porque tengo mucho acumulado, quiero decir muchas cosas, están todas en mi cabeza, me siento a escribirlas, y nada. Nada, que no sale.
¿No sale? ¿O no sale cómo a mí me gustaría que saliera?
Lo que me pasa es que quiero comunicar con una precisión absoluta. Que se entienda a la perfección lo que quiero decir. Que esté todo hiperbien documentado, no dejarme ningún cabo suelto, usar un lenguaje impoluto, citar todas mis fuentes para demostrar que no me invento ningún dato.
Bueno, ¿y cuál ha sido el resultado? Digo yo que al menos tanta atención al detalle significará que al menos doy buenos frutos. Pues no. Desde finales de diciembre de 2025, hasta principios de junio de 2026, no había terminado de escribir absolutísimamente nada.
El texto que subí en diciembre, era un texto caótico pero tan sincero. El de junio también era caótico, imbuido de ira, enfado, impotencia, duda. Bueno, igual no tanto y estoy dramatizando un poco, pero así me sentía escribiéndolo.
Tardé mucho en subir algo, porque hasta el momento pensaba que todo lo que escribiera debía de tener un fin educativo, pedagógico. Tenía que parecer una tesis, un paper académico, un artículo científico.
Tengo unas plantillas en las que escribo los borradores de los artículos. Y un apartado de esa plantilla es “Fuentes”. ¿Qué pasa? Que empiezo a llenar ese apartado de libros y documentos que debería leer para escribir sobre el tema que haya decidido. ¿El resultado? No leo, no escribo.
Bueno y ya no sólo eso, porque es cierto que ojeo esas fuentes por encima, y me quedo con algunos conceptos, incluso sé por qué capítulos o apartados podría tirar. Pero es que quiero leer con toda la atención del mundo, anotar cada cosa, reflexionar sobre cada palabra. Todo un ritual.
También me ocurre a la hora de leer en Substack. Me guardo un montón de artículos, y no hacen más que amontonarse. Y los que leo, son tan increíbles, que siento que no puedo escribir nada hasta llegar a tal nivel de dominio del lenguaje.
Creo que esta mentalidad anula el propósito de plataformas como Substack.
Muchos venimos aquí, refugiándonos de la superficialidad, la rapidez, la sobreproducción y la idiotización de las redes sociales. Queremos aprender, sentir, leer, escribir, saborear, detenernos.
En Substack no hay un algoritmo al que obedecer, no te sale una notificación diciéndote que no se van a recomendar tus publicaciones por ser “demasiado extensas”, no tienes que meter sonidos, hooks, fotos, transiciones. No existe la sobreestimulación. Es lo más parecido que tiene nuestra generación a sentarse a leer el periódico por las mañanas como hacían nuestras abuelas y abuelos. Además, en Substack no encontramos la censura y represión de otras grandes palataformas. Y como los fachas no leen, esto se convierte en un espacio seguro. Un espacio de debate, de crítica, de desahogo, de reflexión, de todo lo que pueda atravesar la mente humana.
Si Substack es un sitio donde podemos democratizar nuestros conocimientos sin ser perseguidos, estamos ante una gran herramienta antielitista.
Las universidades y la academia han monopolizado los espacios del debate productivo y constructivo. El lenguaje pomposo y técnico, la disposición jerárquica de las aulas, la represión política, los lazos con empresas y Estados genocidas, o los costes que esta supone para muchas personas convierten el saber en algo inaccesible.
Las redes sociales nos han dado la ilusión de que podemos adquirir toda la información que queramos en la forma más rápida posible. Una obtiene ideas y opiniones, forma su visión del mundo a través del contenido que consume. Pero he de decir que considero que lo preparada que esté, o la educación que haya recibido aquel que se pone frente a la cámara, es irrelevante. No me vale la excusa de hacer la información accesible. No es lo mismo algo accesible que algo diluido. Y no es lo mismo aprender gradualmente, a que el producto final sea una versión simplista de la verdad. El verdadero conocimiento nunca ha sido una píldora de minuto y medio.
Como persona que crea contenido en redes sociales “educativo” en un formato menor a 3 minutos, me alarmaría bastante que mi audiencia considerara que aquello que comparto fuera lo único y suficiente para entender el mundo que nos rodea. La intención de mi contenido es ocupar espacios, crear un contrarrelato frente a los discursos hegemónicos, e introducir a otras personas a una forma distinta de observar nuestras sociedades. La intención es ser un medio, no un fin.
Plataformas como Substack, donde no encontramos el elitismo y la persecución de las grandes instituciones educativas, la rapidez y frivolidad de las redes sociales, y un espacio donde poder desarrollar con detenimiento todo tipo de ideas, hace que me replantee todas las pegas que me he puesto hasta el momento para escribir.
Me encanta investigar, informarme, documentar y compartir todo lo que he aprendido. Tanto que es básicamente una de las líneas en las que me gustaría desarrollarme profesionalmente. Sin embargo, creo también en la naturalidad y la espontaneidad del ser humano.
Somos caóticas, emocionales, irascibles, empáticas, intensas, raras. Somos complejas, con todas las connotaciones que impliquen esa palabra. Así que no tiene sentido limitarnos y reducirnos a hablar desde lo “objetivo”, lo técnico, lo material.
Como musulmana, siempre he sentido que he tenido que silenciar una parte de mí a la hora de explicar cómo entiendo el mundo, porque hablar de Allah, del alma, de espiritualidad, del Corán, de lo no-visto, de lo trascendental no es “científico”, no es “objetivo”, no es “real”. Y claro, así te cargas la credibilidad de no sólo los musulmanes, sino de cualquier pueblo que tenga una visión no antropocéntrica y capitalocéntrica. No olvidemos la ridiculización de las distinitas cosmovisiones de nuestras hermanas y hermanos en Abya Yala, Oceanía, África o Asia.
Por eso la descripción de mi Substack, de Sajjil سَجِّلْ, dice “Palabras entre la fe, la identidad, la política y la cultura”, porque mi mundo se sostiene sobre la interrelación de estos conceptos.
Y me llama mucho la atención, que entendiendo Substack como este lugar idílico, haya gente que se empeñe en escribir con IA o en hacer todo su contenido de pago.
Por eso quiero ser más flexible conmigo misma, quiero cederle un espacio a esa Amnah que está experimentando muchas cosas nuevas por primera vez, que cada seis meses se da cuenta de que es una persona distinta, la que hace de hermana mayor cuando su hermana pequeña la llama para pedirle consejo, la que se convierte en hermana pequeña cuando llama a sus amigas y primas más mayores, la que no siempre tiene respuestas, la que duda, la que se raya, la que no siempre tiene la palabras que necesita. Una Amnah más humana, más “incorrecta”.
Sorprendentemente, para mí al menos, los dos últimos substacks que subí, que eran más sentimentales, son los que mejor recibimiento han tenido. Me han llegado mensajes preciosos sobre ellos.
Quizás es por eso, porque todas estamos sedientas de humanidad, de emociones reales, pero desde lo abstracto y la libre interpretación que ofrecen la escritura y la lectura, y sin necesidad de ver a creadoras de contenido sin maquillaje, con el mismo pijama que tú, y con rutinas que vas a querer imitar.
Igual el título de este artículo ha sido un poco engañoso, aunque no del todo, porque para mí la manera correcta de escribir en Substack es simplemente hacerlo con naturalidad, escuchando nuestra voz interior, plasmar nuestras inquietudes, y entender juntas.
En clase de antropología este cuatri, mi profesora propuso una cosa para dirigir la clase que a mí nunca se me va a olvidar: pensemos en conversación.
Pensemos juntas, leámonos, escuchémonos. A veces con el texto más pulido, informativo y rompedor... a veces con las palabras más abstractas, descolocadas e incoherentes.


